Como os comentamos hace poco tiempo, uno de los muchos alicientes de nuestro tour – Camino de Santiago, es conocer de primera mano los lugares que inspiraron cientos de leyendas e historias desde la Edad Media hasta nuestros días. Algunos de estos relatos recogidos en diferentes fuentes literarias nos hablan de milagros sorprendentes que han dejado su huella en las tradiciones y en el imaginario popular vinculado al Camino.

Hoy os hablaremos de uno de los más conocidos, “El milagro del pergamino en blanco”. Esta narración aparece por primera vez en el libro II del Códice Calixtino. Tuvo varias adaptaciones y una de ellas, que incluimos al final del artículo, es la del escritor Torrente Ballester en su novela Compostela y su ángel (que por cierto, os animamos a leer)

Nos traslada a la época de los primeros peregrinos, a comienzos del siglo IX cuando el obispo de Iria Flavia era el mismo Teodomiro, descubridor de la tumba del Apóstol. Se disponía a dar misa cuando sobre el sagrado altar encontró un pequeño pergamino. Sorprendido, preguntó quién había dejado allí aquella misiva. En aquel momento, entre los presentes, se levantó un hombre muy arrepentido. Era un peregrino que venía desde la Apulia italiana. En su juventud había cometido cuantos pecados podían imaginarse, jactándose impúdicamente de ellos, hasta que un día una desgracia cayó sobre su familia. Pensó entonces que podría tratarse de un castigo divino y muy compungido pidió la absolución al cura de su parroquia. Pero dada la magnitud de los pecados y  tras confesarse, el cura le dijo que sólo podía obtener el perdón escribiendo todas sus faltas en un pergamino sellado y peregrinando a Compostela; en aquel lugar el obispo Teodomiro debía leer públicamente todos sus pecados y ponerle una penitencia. El arrepentido pecador se mostró conforme y así lo hizo. Sin embargo, cuando el obispo se dispuso a abrir el sello que cerraba el pergamino, se obró un milagro: ¡estaba totalmente en blanco! Comprendió entonces que el Apóstol Santiago había entendido su arrepentimiento sincero y perdonado todas y cada una de las faltas que se incluian en aquella misiva.

Os dejamos con un fragmento del relato de Torrente Ballester en la novela Compostela y su ángel:

“Era un pecador como pocos habrá habido. Tan grande, que ni el cura de su parroquia, ni aun su Obispo propio, se atrevieron a absolverle, sino que dispusieron que marchara a Santiago en peregrinación como penitencia extraordinaria y allí buscara el perdón de tanto delito. Podían haberlo enviado al Romano Pontífice, que autoridad tiene de sobra, pero se ve que prefirieron que la absolución no estuviera tan al alcance de la mano. (…)

Y para Compostela salió, llevando una carta de puño y letra de su prelado donde se especificaban los muchos y tremendos pecados del penitente. Llegó bien dolido de sus fechorías y bien mortificado por las prolongadas caminatas e incomodidades del largo viaje. Nada más llegar, acongojado por los sollozos, el pecador depositó el documento bajo el mantel del altar principal del templo compostelano, y se quedó orando en silencio.

Llegó la hora en que el beato Teodomiro celebraba la Santa Misa, y su mano descubrió el pergamino oculto bajo el mantel. Lo tomó, vio los sellos y, antes de rasgarlos, preguntó a los presentes sobre la carta. Nadie contestaba, antes bien, se miraban unos a otros, sorprendidos, hasta que el italiano se adelantó con lágrimas y, arrodillado, humillado, confesó ser él quien había depositado aquella carta y que bien le concernía el asunto. Sólo pedía que el santo Obispo mirara el contenido, lo leyera públicamente para escarnio de tan gran pecador, y después le otorgara la absolución.

Los asistentes estaban conmovidos. Cuando el Obispo rompió sellos y desató lazos, vio con sorpresa que la carta no contenía absolutamente nada. Entonces comprendió que el Apóstol acababa de obrar un milagro: el penitente quedaba libre de su vergüenza, al mismo tiempo que resultaba evidente que Dios ya le había perdonado. Por ello, la absolución episcopal sobre su cabeza no haría más que corroborar aquel perdón. Y Teodomiro, ante la emoción general, alzó la mano y pronunció las palabras del rito sacramental: Ego te absolvo a peccatis tuis….”

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